Panel II · Luna llena · Víspera de Amor y Amistad
Una mesa larga, flores que alguien cortó esa misma mañana, y un violín que no deja de sonar — porque hay cosas que solo se dicen mientras suena la música.
La velada
Llegan las parejas. En cada mesa, un jardín pequeño. El violín ya está sonando — no se detendrá en toda la noche.
Una voz de jazz bogotana — de esas que ya conoces sin saber de dónde — canta como se cantaba en los años cuarenta: cerca.
La causa de la noche, dicha en voz alta. Un brindis por el amor que reconstruye. Y luego, el jardín completo.
Voz y estándares de los 40s y 50s, a la luz de las velas.
Un hilo de música que no se corta de la primera copa a la última.
Cortadas esa mañana. Cada mesa, un pedazo del jardín.
Era la víspera de Amor y Amistad y las parejas de Bogotá aún no sabían que esa noche cenarían dentro de un cuadro. Después dirían que el violín nunca dejó de sonar, que las flores olían a madrugada, y que la voz que cantó esa noche la habían escuchado antes — quizás en un sueño, quizás en un vinilo de la abuela.
Son pocas mesas, por diseño: una cena no es un concierto, es una conversación con banda sonora. Cada pareja recibe el lugar exacto un día antes, como se entregan los secretos.
La causa
Lo recaudado en la cena abandera la respuesta a desastres en Colombia: la donación va directo al canal oficial de la fundación de la noche, con informe público después. Amar también es reconstruir.